S01E04 "A fuerza de palabras"

Consigna: Escribir un texto sin puntos y aparte.


Intento de explicación de la consigna: Ignoro si la propuesta tiene que ver con técnica o con oficio, me inclino por esta última porque adivino que la música de la escritura es algo que nos va saliendo de a poco: conforme escribimos y escribimos aprendemos a ejecutar un instrumento que suena con armonía, con ritmo; juntamos palabras en frases que no sólo no requieren apretar fuerte enter para cortarlas sino que tienen una música que invita a seguir escuchándolas, a agregarles palabras e ir encadenando conceptos, y así comenzamos escribiendo acerca de un tipo que en la escalera del subte se agacha para atarse los cordones y casi sin darnos cuenta en la misma frase hablamos del tema que intepreta un pibe con acordeón en el andén, y antes de que salga el subte recorremos las calles en las que solíamos silbar esa canción... ¿cuándo pasó esto? ¿cómo es que la oración no termina y sin embargo podemos respirar y seguir escribiéndola, seguir leyéndola? y ni terminamos de plantearnos esto porque seguimos escribiendo, no nos podemos bajar del ritmo y seguimos interpretando la melodía.


Ejemplos: tenemos de todo, está el que te llena diez páginas antes de poner un punto y el que va mechando con punto y seguido pero sin perder el ritmo. Van algunos ejemplos que, como siempre, pretendo que sirvan para entender la consigna y para disparar ideas y no para limitarlos: copien, rompan, inventen.


  • "Una segunda oportunidad", Lydia Davis (pueden leerlo acá).


  • "Mishiadura en Aries", Isidoro Blaisten (¡compren Dublin al Sur!), copio un pedacito del cuento:

"Pero usted, cuando va al cine, ¿qué hace? Sí, sí, ¿qué hace? ¿Cómo las compra? Yo, no. Yo voy y las compro a mitad de precio. Un paso previo. Sí. Siempre. El establishment de la mishiadura. No exactamente. Buen, mitad de precio, mitad de precio, no necesariamente. Éste es un eufemismo más de la sociedad de consumo burguesa. Después usted tiene que ir y pagar todo el rosario de impuestos. Sí le digo. Y ¿sabe lo que le dan a la postre? Mire, le dan un tarjetón así que dice bien grande: gratis. ¡Claro que usted paga! Pero ahí tiene, ¿ve? Parece fácil pero no es. Mire, esta chica lo explicaba muy bien: hay una estructura socializante. ¡Qué tiene que ver Palacios con esto! Sí, es anterior. Pero no, ésos son proyectos. Proyectos de leyes. Escuche: dentro de la estructura socializante, a la sociedad, la sociedad de consumo burgués, le conviene que haya muchos neuróticos. ¿Por qué, se preguntará usted? Muy sencillo. Porque entonces de masoquistas, pasan a ser sadistas. Ahora lo va a entender. Tiene mucho que ver. El boletero del cine tarda a propósito antes de entregarle la entrada que dice gratis, para que todos los que están en la cola tengan tiempo de mirarla bien. ¿Qué es entonces el boletero? El boletero es un sadista. ¿Por qué es un sadista? Porque en su casa es un masoquista. La mujer le rompe las bolas, nunca le alcanza la plata, en fin, lo de siempre. Entonces el tipo descarga su neurosis en una vivencia agresiva. Ahora, ¿a la sociedad socializante le convienen tipos así? Claro que le convienen. Son la carne de cañón, papa. Me extraña. Van a Vietnam con una polenta bárbara. Es toda la bronca acumulada. ¿Se da cuenta?"


  • Glosa, Juan José Saer. Copio el tercer párrafo de la novela:

"Ha, entonces, bajado, no sin entrechocarse en su apuro con algunos pasajeros que trataban de subir, generando en ellos una ola efímera de protestas indecisas, ha esperado que el colectivo azul arranque y, metálico, atraviese el bulevar en dirección al centro, ha cruzado, atento, las dos manos del bulevar separadas por el cantero central, mitad jardín y mitad embaldosado, sorteando los coches que corrían, plácidos y calientes, en ambas direcciones, ha llegado a la vereda opuesta, ha comprado en el quiosco de cigarrillos un paquete de Particulares y una caja de fósforos que se ha guardado en los bolsillos de su camisa de mangas cortas, ha recorrido los pocos metros que lo separaban de la esquina, a la que ahora acaba de llegar, doblando y comenzando, de cara al Sur, en la vereda Este, es decir, a esa hora, la de la sombra, a caminar por San Martín o sea la calle principal, las dos veredas paralelas que, a medida que van llegando al centro, se van abarrotando de negocios, casas de discos, zapaterías, tiendas, sederías, confiterías, librerías, bancos, perfumerías, joyerías, iglesias, galerías, cigarrerías, y que, en los dos extremos, cuando el grumo de negocios se adelgaza y por fin se diluye, exhibe las fachadas pretenciosas y elegantes, incluso, algunas, por qué no, de las casas residenciales, no pocas de las cuales se ornan, a un costado de la puerta de entrada, con las chapas de bronce que anuncian la profesión de sus ocupantes, médicos, abogados, escribanos, ingenieros, arquitectos, otorrinolaringólogos, radiólogos, odontólogos, contadores públicos, bioquímicos, rematadores —en una palabra, en fin, o en dos mejor, para ser más exactos, todo eso."



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